Cajón de Sastre

En el origen de nuestras grandes religiones   (12/6/2005)

En el capítulo 22 del Génesis se lee que Dios ordena a Abraham sacrificar a su hijo Isaac.
Como Abraham era muy «buenito», engaña a su hijo y lo lleva hacia el lugar del sacrificio, lo ata y cuando va a clavarle el puñal, Dios le dice algo así como:
«¡MUY BIEN, BRAVO, SÓLO TE ESTABA PROBANDO Y HAS APROBADO. ERES CAPAZ DE MATAR A TU PROPIO HIJO… ¡BIEN, ERES DE LOS MÍOS! PERO NO ES NECESARIO QUE LO HAGAS».

Y luego Dios le promete grandezas debido a su obediencia (y falta de corazón).

Si a mí se me aparece Dios y me ordena hacer lo mismo le diré que qué clase de asesino y psicópata piensa que soy, que qué se habrá figurado, que un Dios así no puede ser Dios Amor, así que déjeme en paz, además qué clase de prueba es esa, que me hace abortar el proyecto evolutivo de una persona, que entre paréntesis es mi hijo, con qué derecho voy a hacerlo, que si me pide que me mate yo mismo, todo bien, pero no me voy a convertir en asesino por complacer a un Dios que más que Dios es un pequeño dios, o sea una creación humana, así que gud bay.

Pero las tres grandes religiones occidentales provienen del magnífico gesto de Abraham al complacer a su dios…

Mi religión no tiene nada que ver entonces con el dios de esa gente.
Mi religión es una religión de Amor, no de psicópatas asesinos.

¿Es casual que esas tres religiones en su debido momento hayan sido extremadamente proclives al homicidio?

¿Esa historia de Abraham no será otro producto de nuestra locura?
Pero el otro día en un documental del mundo árabe aparecían multitud de hombres diciendo con orgullo que ellos estarían dispuestos a sacrificar a sus hijos si es por asuntos de fe o por la Jihad, y algunos lo decían delante de sus hijos…
(¿Por qué no va y se mata el mismo y deja a la gente en paz?).

Y todos esos hombres bomba islámicos de alguna manera entroncan su extraño proceder con el gesto de Abraham.

Como se dijo antes, traemos la soberbia imbricada incluso en nuestras religiones.

Pero toda esa locura no tiene nada que ver con Dios Amor; eso es otra historia.
Una historia de Amor, DE VERDAD.

Enrique Barrios